Cuando la mano deja de obedecer (y la música empieza a transformarse)

Mi experiencia con distonía focal

No recuerdo un momento exacto en el que pudiera decir: “aquí empezó todo”. No hubo una causa clara, ni un exceso evidente, ni un punto de inflexión fácilmente explicable. Simplemente ocurrió.

Fue durante un concierto. En un momento concreto noté algo extraño: el dedo medio tembló y no llegó a la cuerda. Fallé una nota. Seguí tocando y di el concierto completo sin mayores problemas. En ese instante no le di demasiada importancia. Pero aquel pequeño fallo fue el inicio de algo que, con el tiempo, se volvería imposible de ignorar.

En los meses siguientes el problema fue intensificándose. Empecé a notar una contracción clara del dedo medio, que tendía a replegarse hacia dentro después de tocar la cuerda, como si no quisiera volver a salir. Más adelante apareció el movimiento de compensación: el dedo meñique se estiraba hacia fuera mientras el medio permanecía encogido. La tensión en la mano se volvió evidente. Cada vez era más difícil controlar el gesto. Hasta que llegó un momento en el que tuve que dejar de tocar.

Al principio lo que sentí fue una frustración enorme. También ocultación. No quería que nadie lo supiera. Pensaba que era un problema de mala técnica, algo “mío”, algo que me delataba como mala guitarrista. Me daba miedo que se notara, que los demás lo vieran antes que yo misma pudiera entenderlo.

La sensación de pérdida de identidad llegó después. Llegó cuando me di cuenta de que no podía tocar. Dos años después de que todo comenzara, ya con un diagnóstico, comprendí que debía dejar de tocar profesionalmente, al menos durante un tiempo. Incluso llegué a plantearme cambiar de profesión, porque no podía tocar ni siquiera con mis alumnos. Ese fue, probablemente, uno de los momentos más duros.

Durante mucho tiempo me sentí profundamente sola. No sabía qué me pasaba, no entendía por qué mi mano hacía aquello, y no encontraba respuestas claras. El nombre de lo que me ocurría —distonía focal— llegó de manera casi accidental, a través de un artículo de prensa que hablaba de un guitarrista muy conocido que también la padecía. A partir de ahí empecé a buscar información. Aun así, tardé dos años más en obtener un diagnóstico médico real, después de pasar por consultas de reumatología, traumatología, fisioterapia… Fue el neurólogo quien finalmente puso nombre a lo que me ocurría.

Saberlo fue un alivio relativo. Por un lado, dejaba de pensar que todo era culpa mía. Por otro, las perspectivas que encontraba eran desoladoras. Tuve que enfrentarme a una pregunta muy incómoda: ¿quién soy yo al margen de la guitarra?

Hubo un momento claro en el que entendí que debía replantearme mi relación con el instrumento. No fue una decisión heroica ni luminosa, sino rara y complicada. Aceptar que la guitarra, tal y como la había vivido hasta entonces, no podía seguir ocupando el mismo lugar fue un proceso lento y doloroso.

Con el tiempo empecé a probar cosas distintas. Algunas por intuición, otras por necesidad. Dejar de tocar durante un tiempo fue fundamental. Volver después muy despacio, con poco volumen, con repertorio sencillo. Reducir expectativas técnicas. Cambiar el foco del control al sonido. Trabajar el aspecto psicológico y mental. Aceptar que quizá tenía que tocar menos, pero escuchar más. Y, sobre todo, redefinir qué significa para mí “ser guitarrista”.

Hoy puedo decir que me siento mayoritariamente asintomática, con síntomas leves y manejables. No doy conciertos, pero he ido recuperando una relación con la guitarra mucho más amable. Han cambiado muchas cosas a la vez: la mano, la cabeza y mi manera de escuchar la música. He comprendido que la distonía —como el aprendizaje musical— no puede abordarse solo desde la mano. Somos un todo. El cuerpo, la mente, la emoción, la historia personal… todo influye en cómo tocamos y en cómo aprendemos.

Hay una idea clave que ahora tengo muy clara y que ojalá hubiera entendido antes: cuidar la relación conmigo misma. La guitarra no me define. La guitarra es un objeto más en mi vida, uno que amo y disfruto profundamente, pero yo soy mucho más que una guitarrista.

Paradójicamente, al soltar la necesidad de demostrar, al dejar de buscar fuera lo que ya estaba dentro, la música ha empezado a salir de una forma más libre, más honesta. Incluso más bonita.

Acompaño este texto con un vídeo que he preparado con mucho cuidado: una meditación guiada pensada para personas que conviven con distonía focal. No es una solución milagro, ni una promesa de curación. Es simplemente una herramienta que a mí me ayuda a entrar en un estado mental más seguro, más confiado, desde el que el cuerpo puede organizarse mejor. Si estás viviendo algo parecido, quizá también te sirva.



Si este texto llega a alguien que empieza a sospechar que “algo no va bien”, me doy por satisfecha. No estás sola. Hay caminos posibles. Y, a veces, la música no desaparece: solo cambia de lugar.

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